El Valor de la Valentía: La Arquitectura de una Vida sin Excusas

 

“La valentía no es la ausencia de miedo, sino el entendimiento de que hay algo —o alguien— que vale mucho más que ese temor."

 

¿Cuántas veces hemos dejado pasar oportunidades, sueños o personas por darle prioridad a nuestras inseguridades? El "no soy suficiente", el temor a perder la zona de confort, la duda de "no estar a la altura"... todos esos "¿y si...?" funcionan como muros que nosotros mismos construimos para protegernos, pero que terminan convirtiéndose en nuestra propia celda.

¿Has pensado lo triste que sería llegar a los 80 años, mirar atrás y descubrir una lista de cosas esenciales que no hiciste por no arriesgarte? Es doloroso imaginar una vida apostando siempre a lo predecible, viendo cómo el miedo al fracaso nos arrebató momentos que pudieron ser transformadores.

A lo largo de mi carrera, me he visto en innumerables encrucijadas. He apostado y he perdido; eso es parte del diseño del aprendizaje. Una vez, en una charla universitaria, un alumno me preguntó cómo enfrentaba el fracaso. Le respondí que, para mí, el fracaso no existe: si algo no funciona, aprendo de ello para superarlo en una próxima instancia. El verdadero y único fracaso es darse por vencido o, peor aún, ni siquiera intentarlo.

Por eso, hay algo que jamás me he permitido: quedarme inmovilizada frente al miedo. He aprendido que el universo siempre recompensa a un corazón valiente. La valentía es la capacidad de actuar con el corazón temblando, pero con la voluntad firme hacia lo que deseamos conseguir.

Vivir se trata de arriesgarse por aquello que amamos con toda el alma. He visto a tantos quedarse en la orilla, mirando el río con deseo pero sin fuerzas para cruzarlo. No soy quién para juzgarlos, pero ese camino rara vez conduce al amor propio. Cuando sigues el impulso de tu alma y cruzas el río a pesar de los fantasmas internos, la victoria no es el destino, es haber vencido a tu propia sombra. Es la paz de saber que no te quedaste sentado viendo cómo la vida te pasaba por encima.

¿Por qué elegir la incertidumbre del "qué habría pasado"?

Muchos buscan excusas para no ir tras sus sueños. El camino del éxito es el más difícil, pero el más enriquecedor; las ganas de querer resultados fáciles y rápidos solo disuelven la grandeza. Todos somos capaces de cumplir nuestros sueños, pero la pregunta es: ¿Estás dispuesto a enfrentar a tus propios monstruos?

Mi propia historia es prueba de ello. Fui madre muy joven y decidí no casarme en ese entonces porque tenía un sueño: estudiar Diseño de Moda en Europa. Trabajé, ahorré y me fui. El mundo me juzgó y no me quedó otra opción que enfrentarme a una sociedad machista, conservadora y castigadora. Hablamos de hace 25 años, cuando era impensado ceder la tutela al padre para perseguir la autorrealización (la parte más alta de la pirámide de Maslow).

Si hubiera renunciado, habría sido una cobarde de por vida, dándole poder al "qué dirán" de una sociedad experta en juzgar sin piedad. No iba a entrar en el juego de las apariencias ni del doble estándar; una persona con propósito vuela por encima de esas limitaciones. Renunciar a ese sueño de niña habría sido morir en vida.

Quizás hoy, ad portas del 2026, todavía haya personas que no entiendan mi punto de vista. Pueden llamarme egoísta o irresponsable. Al día de hoy, sigo reparando las consecuencias de mis decisiones, pero si hay algo que no soy, es ser cobarde. Hice lo que el corazón me dictó y eso fue más fuerte. A veces la vida te pone ante el camino difícil (el del alma) o el camino fácil (el racional, cómodo y predecible). Hoy, a mis 43 años, miro atrás y veo a más personas atreviéndose a perseguir sus sueños a pesar de la adversidad… quizás no estaba tan equivocada; quizás solo estaba adelantada a mi época.

No permitas que tu historia sea un plano de lo que pudo ser y no fue, y nunca permitas que otros trunquen tus sueños. Recuerda esto: el tiempo es el único recurso que no se recupera.

Espero que algún día mi hijo me entienda, pero la enseñanza se entrega con el ejemplo. Cobarde jamás.

Con mucho amor, le dedico este blog a mi amado Diego Ignacio.


María Pía Cornejo

 

 

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